Homenaje a Jacinto Esteban (en el El Pimpi)

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Jacinto Esteban vino desde su Madrid natal a Málaga, para quedarse. Trajo consigo su amor por el teatro, la constante de su vida, y también un ramillete de excepcionales dotes y cualidades humanas amen de profesionales.

 

Atesoraba a su llegada lo aprendido de José Tamaño, Luis Escobar, Manuel Dicenta,  Mercedes Prendes, Miguel Narros y en suma de una larga lista de nombres ilustres que impartían su experiencia y saber en aquellos templos capitalinos del arte dramático.

 

Un inmenso caudal de conocimientos acumulado con lo mejor de sus experiencias como meritorio, luego actor de reparto y finalmente actor por derecho propio. Sapiencia que de forma altruista proyectaba compartir con quienes estuvieran dispuestos a ser receptores.

 

Así, para mí y para muchísimos otros, en un flujo constante desde hace mas de cuatro décadas, Jacinto Esteban supuso el acceso al mundo del teatro de verdad. El que hay que escribir con mayúsculas.

 

Una oportunidad generosa y singular de recibir, por su mediación, las enseñanzas de aquellos que sin duda fueron de los grandes de las artes escénicas a un lado y otro del escenario.

 

Tal fue su maestría, habilidad, destreza, paciencia y empeño, que hace cuarenta y un años, me infundió el ánimo suficiente para subir por vez primera a un escenario cuando dispuso el estrenó en  Málaga de su obra Ejercicio.

 

Ese evento tuvo lugar a pocos metros de aquí. En la entonces Casa de la Cultura. Justo encima del proscenio de nuestro bimilenario teatro romano que, como es sabido,  yacía enterrado bajo los cimientos de aquel edificio.

 

De aquel día memorable recuerdo que durante toda la función la mirada de Jacinto alternaba entre el escenario y la puerta de acceso  al patio ante el temor -por otra parte fundado- de que desde ese otro edificio, emblemático, situado a poco mas de cien metros calle abajo (el Palacio de la Aduana) se hubiese cursado orden de suspensión de la función.

 

Afortunadamente no hubo incidencias, fue todo un éxito y el público puesto en pie aplaudió a rabiar. Puede que mediara la intercesión de los espíritus de aquellos actores de la Roma imperial que en aquel mismo lugar, hicieron sus representaciones ante nuestros antecesores los pobladores del entonces Municipio Flavio Malacitano.

 

Antes habían sido Pluft el Fantasmita de María Clara Machado o La zapatera prodigiosa de Federico García Lorca. Después llegaría una trilogía hilarante versionando de forma libérrima a Sófocles, Zorrilla y Dumas, con los personajes de Antígona, Don Juan Tenorio y La Dama de las Camelias, totalmente sui generis respectivamente.

 

Eran los tiempos del Teatro Ensayo Popular (T.E.P) y Carrito de Tespis. Al más puro estilo de la farándula convencional, tal como describe el prólogo de La ciudad alegre y confiada de Jacinto Benavente:

 

«Vuelve el tinglado de la antigua farsa. Al traqueteo y los chirridos de la carreta desvencijada, a tirones penosos de una mula anatómica, enlodados los desteñidos colorines de sus trajes escénicos, se entra por la plaza del lugar la farándula».

 

Texto que de su mano y entre otros lleve mi examen como alumno libre de primero de arte dramático.

 

Siempre supo animarnos. Aplicaba libremente su método y con un amplio margen para la sonrisa nos insuflaba sabiamente el grado de disciplina necesaria para llevar a buen puerto la puesta en escena.

 

Pocos meses más tarde, también bajo su dirección subí nuevamente al escenario.

 

A una de las dos obras de Manuel Alonso Alcalde que componían esa función, obligó la censura -aún vigente en la época- a cambiarle el nombre.

 

Originalmente era Golpe de estado, año 2000 y se anunció como Neroncín nombre de uno de los personajes. Eran otros tiempos.

 

A mi solo me resta decirte: ¡Gracias Jacinto!

 

por tu generosidad,

por tu paciencia,

por tu profesionalidad,

por tu trabajo y buen hacer como dramaturgo y en pro de las artes escénicas …

 

y sobre todo por el privilegio de haberme honrado con tu amistad.

 

 

Fernando Núñez

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